“ Maquiavello”, lectura obligada ante democracias acosadas

 

  • En el fondo de sus enseñanzas políticas presentaba una astuta denuncia de los métodos de los tiranos
  • El autor de ‘El príncipe’ dedicó su vida a tratar de advertir a la gente sobre los peligros que amenazaban sus libertades. Sus reflexiones sobre desigualdad y abuso de poder tienen plena vigencia

En 1585, el jurista italiano exiliado Alberico Gentili dijo que Maquiavelo era “un firme defensor y entusiasta de la democracia”, que pretendía “no instruir al tirano”, sino poner al descubierto “todos sus secretos” ante los ciudadanos. “Mientras parecía educar al príncipe”, decía Gentili, “en realidad, estaba educando al pueblo”.

“Me gustaría enseñarles el camino al infierno para que se mantengan apartados de él”. El famoso filósofo italiano Nicolás Maquiavelo escribió estas palabras a un amigo en 1526, poco antes de su muerte. El infierno al que se refería era muy terrenal, el que surge de malas decisiones políticas e instituciones corruptas.

El príncipe es un manual de autoayuda retorcido y astuto al servicio de los ciudadanos: parece que elogia a los príncipes más taimados, pero, en realidad, enseña a los ciudadanos a no deslizarse por sus rampas y a protegerse contra la tiranía.

Maquiavelo llega a la conclusión de que las crisis democráticas tienen dos causas especialmente profundas. Una es el sectarismo extremo, que no es lo mismo que las discrepancias, por grandes que sean, entre unos partidos políticos organizados. Las discrepancias, pueden ser síntomas de la buena salud de una democracia

En toda sociedad libre existen valores e intereses distintos, y hay que dejar que se expresen, que ocupen su parte correspondiente del espacio público. La enfermedad aparece cuando la gente confunde la sana discrepancia con unos desacuerdos irremediables y empieza a exigir la conformidad ideológica además de la obediencia a las leyes comunes.

Las demandas de conformidad empujan a los más fanáticos a dividir a la gente en bandos enemigos, no a tener en cuenta los intereses comunes y pensar que necesitan la “victoria suprema” sobre sus adversarios. “Quienes creen que así se puede unir una república”, dice Maquiavelo, “están muy engañados”, y aspiran a algo que va en detrimento de la libertad.

Respecto a las desigualdades, Maquiavelo señala que, en sociedades de mercaderes y banqueros, con tanta competitividad —hoy habría encontrado muchas similitudes—, todo el mundo se obsesiona con ganar y perder, con las clasificaciones y los títulos, e intenta adelantar a los demás como sea. A menudo, los que proceden de las capas medias, muy preocupados por su estatus, son los que más quieren avanzar, para no quedarse atrás: “Porque a los hombres no les parece que tienen asegurada la posesión de lo que corresponde a un hombre si no adquieren algo nuevo”.

Maquiavelo era un hombre muy divertido, con un irrefrenable impulso satírico, y sus blancos preferidos eran los gobernantes que no respetaban ningún límite en su búsqueda de un poder cada vez mayor. Los argumentos más enérgicos de El príncipe plantean que el unilateralismo egocéntrico es una forma muy poco realista de adquirir seguridad. “Las victorias nunca están aseguradas sin cierto grado de respeto”, dice en un fragmento que la mayoría de los estudiosos suele pasar por alto; “sobre todo, respeto a la justicia”.

Los ciudadanos, que se dejan llevar demasiado deprisa por “grandes esperanzas y promesas deslumbrantes”, a menudo se encuentran después con que “bajo la superficie se esconde la ruina de la República”.

Maquiavelo pensaba que señalar a los ciudadanos sus errores fuera suficiente para que se despertaran y se alejaran del abismo. Le gustaba analizar los trucos retóricos con los que las personas se engañan a sí mismas para no tener que asumir su responsabilidad democrática: la responsabilidad de juzgar con atención las políticas y a los candidatos, de escuchar a la otra parte, de entablar un diálogo civilizado y de no pretender tener más poder y recursos de los que, con justicia, le corresponden. Sin embargo, a pesar de su brutal franqueza al hablar de los defectos del gobierno popular y sus responsables, Maquiavelo deja claro por qué una democracia basada en las leyes es siempre mejor que un gobierno autoritario: “Un pueblo capaz de hacer lo que quiere no es sabio, pero un príncipe capaz de hacer lo que quiere está loco”. Maquiavelo nos ayuda a interpretar con agudeza las señales de peligro político, y su vida y sus palabras nos enseñan a no crear nuestros propios infiernos políticos, ni empeorar los que ya tenemos.

(Erica Benner, investigadora de la Universidad de Yale)